viernes 20 de noviembre de 2009

El Ocaso de los Ídolos 2

En el decir de Valdano -creo-, cuando Maradona mete aquellos dos goles antológicos contra Inglaterra, en el Mundial de México 86, resume la esencia del futbolista argentino: por una parte el jugador pícaro, malevo, capaz de suplantar las leyes por un razgo de arrabal puro, y por otra parte el jugador habilidoso, no menos pícaro, que solventa la adversidad con un genio indiscutible de regate, cambio de ritmo, quiebre y engarce prodigioso. Los dos goles fueron consecuencia de un sólo hombre pero también de la lógica que dictaba un partido: Argentina había sido superior a Inglaterra en el trámite. Al mismo tiempo, el triunfo tenía el peso político de una confrontación que aún dispersaba sus cenizas por la costa de Sudamérica. La famosa Mano de Dios por desgracia subordinó la dimensión del otro gol a la de mero ornamento plástico. El Pelusa ocultó su crimen con retórica de bar: fue la Mano de Dios, dijo, y propició la celebración de medio mundo. Con el paso del tiempo, este gol a pasado a olvidarse como un crimen, y se ha convertido en la solución mediática de un genio.

Los repechajes eliminatorios para Sudáfrica 2010 dejaron como saldo la clasificación de muchos equipos favoritos, pero también la falta cometida por Henry al utilizar la mano en su favor para poder acomodarse una pelota perdida que a la postre terminaría en gol gracias a un cabezazo de Gallas. La distancia entre la declaración del Titi y el gol no sólo está representada en minutos, segndos, horas. También la encarnan los rostros de los jugadores irlandeses buscando justicia en una falta por demás evidente, para todo mundo, menos para el arbitro; la queja airada de Trapatoni a la orilla del campo, la cara absorta de Keane, el extraordinario jugador del Tottenham, y la indiscutible desolación de un país entero al ver cómo su equipo era asaltado en vivo y en directo por un francés y un sueco (el arbitro). Señalo la distancia de la declaración de Henry porque esa distancia es, acaso, la que distingue a los jugadores excepcionales de los héroes (esos personajes distinguibles por su calidad de juego, su pundonor, su caballerosidad y su determinación para sacar sangre en los momentos definitivos). ¿Qué hubiera pasado si el Titi va, le dice al arbitro que no puede marcar gol porque cometió una mano; y luego Francia gana el juego en buena lid?
Seguramente Henry no va a ser castigado pero sí va a llevar consigo la señal de una falta imperdonable para quienes lo admiramos. Le pone, además, un asterisco a la FIFA y a su evidente condicionamiento para que a la gesta lleguen los equipos mediáticos. Lástima.

jueves 19 de noviembre de 2009

El ángel de las piernas torcidas

No hay un futbolista más mitológico que Garrincha. Su futbol, su manera de ser y estar en la cancha, su desdén a los rivales a partir de una noción básica de superioridad técnica, su lectura del partido y su explosividad inusitada, se peleaban con una vida doméstica que participaba de la gran fiesta de la fama y la fortuna, la noche, el alcohol, las mujeres dispuestas. La Alegría del pueblo vs. una triste (y respetable, porqué no) disposición al vacío. No sé si haya un inspiraador más fecundo que Mané en el ámbito de las letras latinoamericanas, al hablar de la relación poesía-narrativa y futbol. Sí tengo presente que la vida misma de Garrincha (tempestuosa, sobrada, fugaz y con el toque melancólico de las muertes tempranas) fue una novela, mientras su estilo de juego era poesía pura. Gracias a la página electrónica Círculo de poesía pudimos acceder a El ángel de las piernas torcidas, un libro de relatos en el que el chileno Reinaldo Marchant le rinde homenaje a Garrincha. Comparto, por lo pronto, el prólogo de Jorge Valdano, en su mejor faceta (después del retiro de las canchas).

LA CANCHA Y LA LITERATURA

Jorge Valdano

Lo he dicho: leer un libro no sirve para jugar mejor ni jugar un partido sirve para hacer mejor literatura. Dos juegos (fútbol y literatura) que tienen diferentes modos de expresión, y que resultan compatibles a fuerza de ser distintos.

Los intelectuales se desmarcaron del fútbol por considerarlo una expresión popular menor, por deducir que era como el “opio del pueblo”, por desconfianza a la masa y, finalmente, por snobismo. El fútbol, como los toros, por citar otra disciplina condenada durante años al ostracismo intelectual, no se ha prodigado en potenciar la figura del jugador-culto, y sin embargo sí la del jugador periodista. El fútbol está encarnado en la vida de la gente. Un fenómeno que mueve tantas pasiones da grandes posibilidades de explicar al hombre, incluso desde episodios en apariencias menores.

Es vital percibir un vehículo entre el mundo del fútbol y el mundo de la cultura, un puente entre la cancha y la literatura; analizar el mundo del fútbol de una manera claramente distinta y darle una dimensión sociológica. El fútbol durante mucho tiempo no tuvo voz y parece ridículo que el primer productor de conversación del mundo no tenga voz, no tenga intelectuales que hayan sido para el fútbol lo que Ernest Hemingway fue para los toros.

Después de leer este maravilloso libro de Reinaldo Edmundo Marchant, hay que comerse un sándwich y tomar una Cola-Cola como cuando, de chicos, terminábamos de jugar un picado.
Aquí está contenida la nostalgia de un fútbol que se está perdiendo porque el control le gana a la libertad, porque la técnica se ha convertido en una herramienta táctica, porque el tamaño de los jugadores importa más que su talento. Visto así, el fútbol de hoy es todo lo contrario que Garrincha, personaje central de esta obra, porque a su espíritu se le ve gambeteando en cada una de las páginas.

Conviene recordar que cada aparición de Mané parecía un chiste contra la solemnidad.
Garrincha jugaba como hablaba Cantinflas. Un hombre libre, un estilo poético, una máquina de amagar desde sus piernas torcidas que no se sabía para donde iban a arrancar, hasta sus ocurrencias geniales y divertidas que dejaban siempre una víctima en el camino. También era un campeón mundial de los cinco metros lisos, porque después de humillar a los rivales, sus arrancadas eran incontenibles.

Garrincha es el símbolo que merece este libro lleno de imágenes bellísimas y de historias increíbles que, como los viejos partidos de pueblo, huelen a choripán.

El fútbol es evolutivo y esto que nos toca vivir es una consecuencia de aquello, pero en un mundo que consagra el olvido, de vez en cuando hace bien recordar de donde venimos. Y Reinaldo Edmundo Marchant se ha convertido en un poético especialista de la nostalgia.

miércoles 18 de noviembre de 2009

Adios al Tano

La escena conmovió al mundo entero. Se trataba de un partido de la liga brasileña entre el Sao Caetano y el Sao Paulo, ambos protagonistas obligados en las competencias de Sudamerica. La fecha, un 26 de octubre del 2004. Un balón disputado en la linea de meta, afuera del area del visitante (Sao Caetano) obligó al silbante a decidirse por una falta del defensivo sobre el atacante local. El número 5 de los azules, el defensa central Serginho, levanta la mano frente a la portería que defiende, como pidiendo al auxiliar cambiar el rumbo de una sanción que casi siempre es definitiva. Después, esa misma mano busca el pecho y el jugador se dobla y se derrumba intempestivamente, trompicando en su caída a un atacante del Sao Paulo. Lo que siguió después fue conmoción y caos puro: paramédicos tratando de reanimar a Seginho, jugadores pidiendo el auxilio inmediato de especialistas, hombres alicaídos ante el presentimiento de un desenlace doloroso. Serginho quedó ahí, tendido en el campo de juego primero, y después llevado en una camilla cuando ya se había dictado su muerte fulminante producto de un ataque letal al corazón. Tiempo después, estas mismas escenas dramáticas se han convertido en leiv motiv de un deporte costoso, popular, con el dominio ineludible de las televisoras y las ominosas ganancias que llevan a las arcas de las distintas federaciones de fut en el mundo. El Sao Caetano, club donde militaba el joven Serginho, había actuado de manera irresponsable al desatender una afección que cargaba sobre sí el signo de la muerte. No costaba nada, absolutamente nada, hablar con el deportista y dejarle ver que la práctica del futbol podría tener consecuencias fatales para su organismo, y liberarlo para que buscara una atención más profunda de su mal cardiaco. El Sao Caetano jamás volvió a ser el mismo desde entonces. Su futbol de carnaval se convirtió en un futbol compungido y triste.
La muerte de Serginho, Puerta o Feher, entre otros, ha puesto un foco de alerta en la FIFA, en primera instancia, por la evidente desatención y negligencia de algunos médicos en los equipos. En segunda instancia, por la casi comprobada responsabilidad de algunos deportistas ahítos de fortuna, fama y suerte. ¿Costará mucho la extensión de un certificado que pueda monitorearse en todas la ligas del mundo para evitar desenlaces fatales como los anteriores? ¿Extender una cédula que pueda anularse comprobada una deficiencia cardiaca en algún jugador de futbol profesional? Vale la pena rediseñar una propuesta de calendario que evite la sobreexposición del futbolista al desgaste físico. Ignoro de medicina. Esta ignorancia me da la posibilidad de entender que en el caso de Nigris uno de los dos, el Doctor del Ankara Sport, en Turquía, o el Doctor de la familia en Monterrey miente. Si el Doctor de Turquía dice la verdad ¿ya se mostró el examen médico que le aplicó al Tano? ¿Le redactaron una carta de rescesión de contrato debido a sus males cardiopáticos?

Antonio de Nigris no era un jugador virtuoso. Era un delantero cuyo potencial se desgastó en la gitanía, el desarraigo y la búsqueda de fama y fortuna en el mundo. Era voluntarioso y con un aire de guerrero proclive a las jugadas de riesgo. Tengo muy presente su gol a Brasil en un amistoso de la Selección, luego de entrar de cambio. Tengo presente su paso por varios equipos donde siempre puso sangre, sudor y lágrimas por sobresalir. Era un futbolista, sí, pero ante todo era un joven. Y era un padre de familia. A ese joven y a ese padre de familia estan dedicadas estas palabras.

martes 17 de noviembre de 2009

Adiós a los héroes

En su libro Esa visible oscuridad, el escritor William Styron señala el momento justo en que entendió a la melancolía (o depresión) como una problema cuyas dimensiones hay que enfrentarlas a partir de una doble noción: la del reconocimiento como un mal propio y la de que es una enfermedad con todas sus letras. En un apartado, recuerdo veladamente el libro, Styron dice que la melancolía no encarna una debilidad mental, pues han sido muchos, muchísimos los genios que la han padecido, y suscribe una lista más o menos extensa que pasa por artistas, científicos y músicos reconocidos en su ámbito. No hace mucho hablé sobre las posibilidades de afección que tienen los futbolistas por el poderosos drama humano, y de cómo éste se levanta en su vida profesional, en su carrera, en sus habilidades, como un muro de infranqueable penumbra. Señalaba el caso de Tierry Henry y lo que entonces sufría para adaptarse al esquema del Barcelona, a la dinámica de la ciudad condal y a los embates de una liga de mucha marca cuerpo a cuerpo. En una entrevista, el genial jugador señalaba la lejanía de su hija como el principal responsable de su crisis en el campo. El Super Héroe de una copa del mundo reducía su poder a la dimensión de un hombre cabal que, de pronto, se revela susceptible de sufrir, llorar, acongojarse en su mundo doméstico. Esa es la tristeza de la verdad para quienes ven a los futbolistas como los personajes de una epopeya moderna, donde nunca, o casi nunca pierden. El futbol acaso les permita respirar a voluntad los restos de un sueño que construyeron, sopesaron, dimensionaron, en su muy lejana infancia. Y es que el futbol es el conducto por el cual un hombre, de pronto, reconoce una indiscutible vinculación con la infancia. Fuera del futbol, este hombre pierde poder, enfrenta sus manes, recibe o rechaza los artificios de una gloria mediática acaso inesperada. El portero Robert Enke padecía de depresiones continuas, luego de su paso por el Barcelona y el Fenerbache. Sin embargo, no fue sino la pérdida de su hija de dos años lo que detonó el fatal desenlace de una vida y una carrera en ascenso. Como seleccionado alemán parecía encaminarse a la titularidad en el próximo Mundial de Sudáfrica. El hombre, sí, ese tejido de nervios tan delgados como un aliento, le ganó la partida al guardameta, ese héroe capaz de los desafíos más insólitos con tal de conservar la puerta sin mácula.
De niño creía que los porteros eran el elemento sobrenatural de esa fábula llamada futbol. Ver a Gomolá volando de poste a poste, observar a Marín con su impresionante físico en estado de ingravidez pura, me parecía productos de un mecanismo que abandonaba lo posible. El infarto de Miguel Marín me confirmó que no, que a los porteros fuera de la cancha, los mueven hilos impersceptibles de lesa humanidad. El caso de Enke me ha conmovido profundamente. No el del maravilloso portero que nos regaló algunas de las más grandes paradas de los últimos años. Sí el del ser humano que sufrió los embates de un mal que ganó, malevolamente, finalmente, su batalla perversa.

lunes 9 de noviembre de 2009

De Hombres

El futbol, en sus origenes, era una selva. No había leyes que posibilitaran la supresión de la violencia y los habilidosos eran perseguidos encarnizadamente hasta sucumbir en la inoperancia o en las lesiones. La cacería de Pelé durante la Copa Mundial de Inglaterra provocó, en el reglamento, un cambio sustantivo encaminado a privilegiar a quienes hacen de la pelota un cuento de hadas. Le dejaron al arbitro y su flexible albedrío la posibilidad de sucumbir. Maradona fue víctima, durante el Mundial de España 82 del italiano Gentile, un cuchillero que convirtió el arte de marcar sin ley en un pasmo de ceguera para los arbitros. Ignoro quien era el silbante de aquel juego, pero hoy deber sufrir la crueldad de un olvido justo y eterno. No faltaron los que, argumentando la suficiencia del marcador, hicieron de Gentile un héroe nacional. Sí, luego llegó Rossí y el concierto de aquella final perfecta contra los alemanes, e hizo que todos olvidaramos la afrenta del central, no sólo contra Diego sino contra Zico, otro mago. El futbol es de hombres, aunque muchos se han empecinado en convertirlo en un deporte de bestias. En este deporte que amo, no he visto una imagen más conmovedora que la de Juan Arango al borde, sí, de la muerte, luego de una artera entrada de Javi Navarro, aquel recio central del Sevilla, convertido en paladín de los andaluces por ese codazo. Ignoro si Navarro quiso lastimar al venezolano (quiero pensar que no, que todo fue producto de la inercia por una jugada de viril estampa, que un jugador que sueña la grandeza también desea que su semejante sueñe con ese mismo paraíso asequible), sí sé que Arango pudo haber muerto y que su muerte hubiera significado una pérdida grande para el futbol latinoamericano. Estoy convencido que si un jugador lesiona de por vida a otro, su castigo debe llevar ese mismo signo de los irreductible. Un jugador que tira a matar una vez, tira a matar dos y hasta tres veces. Lo que sigue es esa imagen que llevan el peso de lo dramático y que, ojalá, se repita cada vez menos en todas y cada una de las canchas del mundo.

El Método Meza

Pocos, muy pocos han sido los clubes capaces de presumir, en los últimos diez años, un futbol vigoroso, permeado por la vocación ofensiva de su estratega, pero también por las condiciones técnicas de sus elementos dentro del campo. Aquel memorable gol de Cardozo (en una jugada a cuatro bandas) contra el América que sirvió, además, como cierre de telón para una vergonzosa goleada de los Diablos Rojos de Toluca, fue producto de una maquinación orquestada a lo largo de la semana, como el ensamblaje orquestal que busca su punto de armonía en el ensayo colectivo. Enrique Meza, responsable de aquel equipo rojo que jugaba por nota, durante muchos años vivió a la sombra de Miguel Marín, el jugador más notable que ha resguardado los tres postes en el futbol nacional. Sin embargo, ya en el retiro se puso su traje y corbata y comenzó, no una carrera como técnico, sino una suerte de filosofía sin aspavientos, muy cercana a la sencillez o la pureza monacal. Con los Toros Neza organizó una banda de forajidos que se iban orondos al frente (descuidando muchas veces la retaguardia) para organizar un festín de pases y goles de fantasía. Con Cruz Azul tuvo un par de periodos intrascendentes (extranjeros sin peso, fastuosidad vanal y un pundonor chirle ha dominado la Maquina en sus años más recientes, descontando acaso un par de finales sacadas con las uñas). Ya con el Toluca Meza inaugura un época de esplendor futbolístico, cortada por su nombramiento como director técnico nacional.

¿Porqué fracasó un técnico de eficiencia comprobada con un cuadro que, uno supone, representa la escencia del torneo; es decir, lo mejorcito de cada casa, convocados por él mismo? Entre otras cosas, es fácil suponer respuestas aludiendo a los hombres y sus respectivas funciones dentro de la cancha. Pensar, por ejemplo, que en la selección no se contaban con los respectivos equivalentes del Toluca, principalmente en su columna de extranjeros (El Tanque Morales, Cardozo, Fabián Estay, Darko Vukic, Manoel Ferreira o Sinha, entre otros, a lo largo de los campeonatos que el Ojitos obtuvo con los escarlatas) y en la poca aplicación a una metodología basada, ante todo, en la manutención de la pelota y en la rápida -y eficiente- circulación de la misma. Preocupado por el estudio y la práctica de tácticas vigentes en el futbol que practican sus equipos, Meza ha logrado establecer un estilo de juego que pugna por la presencia permanente de sus ofensores en el área rival. No siempre ha logrado esto. Con Pachuca logró contar con un trabuco que paulatinamente fue sacudiéndose la modorra de un mal arranque hasta lograr un futbol sobrio, vistoso, efectivo. Sin embargo, es raro ver que el mismo Meza conforme los cuadros. Acaso los redondea con incorporaciones necesarias, ya cubierto el ciclo de algún otro jugador en ciertas zonas del campo. Ha sido un relevista determinante y hombre cuya cabalidad no ha dejado un ápice de duda frente a los medios. Uno de sus momentos más dolorosos fue, también, una lección de dignidad para muchos entrenadores que firman el check out para salir por la puerta de atrás: cuando fue removido de su cargo como técnico nacional le dijo a los medios que no, que él había fracasado y que buscaran a alguien mejor que él, renunciando sin empecinarse y sin teatralizar un momento grave de su vida. Ahora, en su enésima etapa como técnico del equipo de sus amores, él puede firmar solito la boleta del crédito luego de ubicar a los azules en el tercer lugar general. Ha tenido que sufrir la ineficiencia de tres extranjeros mendaces como Zeballos, Hernández y Núñez; las lesiones de Vela, Cervantes, Andrade y la poca productividad de jóvenes como Lugo o Villaluz. Aún así, ha contado con alianzas determinantes (Riveros-Torrado, Jimmy Lozano-Tito Villa) y con el rescate de un jugador todo voluntad como Rogelio Chávez. Alguna vez, en una entrevista al Ojitos, este manifestaba que la raíz de su metodo era la conclusión de las jugadas siempre (aquí era enfático), mal o bien pero siempre. Esto, decía, evita que te agarren mal parado en un contragolpe. Es decir, de aquel Toros-Neza alegre, que irradiaba cinismo al frente pero descuidaba la retaguardia, y el Cruz Azul de hoy, Meza es un orquestador maduro, fortalecido por experiencias de todo tipo. Ojalá los jugadores de la maquina lo entiendan más para llevar a buen puerto un mecanismo que ya ha probado las mieles del título en otros clubes.

miércoles 4 de noviembre de 2009

El Corona


¿Que son los espacios? ¿No son acaso los territorios donde la convivencia encuentra un referente común? ¿No son como una suerte de fortalezas donde se intercambias signos, gestos, razgos de una misma formación sentimental, emblemas de un divertimento colectivo? En una de las escenas más conmovedoras de Cinema Paradiso, la cinta donde Tornatore rinde un homenaje al séptimo arte y a su infancia, un pueblo siciliano, ya resignado al auge de una modernidad avasalladora, se reúne frente al cine que los vio crecer y envejecer sólo para testimoniar su derrumbe. Sólo sobresale, entre el sonido cruento de las ruinas que conforman el lamento sordo de una comunidad avejentada, la voz ronca del vagabundo de la plazuela quien sigue manifestándose como el único propietario de la misma.

El año pasado todos fuimos testigos de una de las manifestaciones más entrañables en la historia del deporte de conjunto cuando el Yankees Stadium, una mole inexpugnable de poder no sólo beisbolero sino cultural en Norteamérica, cerró sus puertas para siempre. Y es que no se trata del simple escenario físico que sirvió de punto de confluencia para una afición sonora, sino del sitio que recorrió la legua en jugadas y leyendas que fueron sacralizándolo a la luz del llamado rey de los deportes. Es difícil medir la magnitud de un palacio como el Yankees (no hace mucho le preguntaba a mi padre sobre las acciones más célebres que se habían dado sobre la grama de dicho estadio y así, a vuela pluma, sólo me enumeró treinta). En el futbol, claro, se privilegia a los estadios cuya grandeza está signada por los sucesos de incontrovertible leyenda. Difícil suponer una historia del balompié sin una enumeración consciente de cosos como el Centenario, el Maracaná, el Azteca, el Monumental, la Bombonera, el San Siro, El Santiago Bernabeu, el Wembley, el Camp Nou, el Olímpico de Roma. Como un gran monstruo d efervor colectivo, el futbol dispersa su celebridad en diversos puertos donde escribe pedazos de historia.

Cuando Cruz Azul jugó contra Santos de Torreón aquella final sufrida de hace tres torneos, quien esto escribe estuvo a punto de animarse a emprendar los derroteros de la sierra en pos del triunfo celeste. Me habían platicado del Corona como un escenario pequeño, como un hervidero elocuente que le abre la llave por partes iguales a consignas de exaltación regional, mentadas de madre gratuitas y cánticos al pundonor futbolero de la tribu. No pude ir. El domingo me pesó, pues es inevitable procurar el recuerdo vívido de un espacio como el de Santos, a sabiendas del cierre definitivo de sus puertas sólo para ser demolido al día siguiente. Sí pude evocar algunos momentos de aquel Santos que, comandados por Ramón Ramírez, el Turco Apud, Héctor Adomaitis o Pedro Muñoz le brindaron un gran encuentro al Tecos de ensueño de Vucetich; también pienso en el Santos que venció al Necaxa de la mano de Jared Borgetti o el Santos de Vuoso y el grado de imbatibilidad que otorgaba la llamada Casa del dolor ajeno. Ahí, en ese estadio, nació Antonio Olvera, un excelente aunque frágil lateral derecho, ahora sumido en el anonimato que ofrecen lesiones e irregularidad por partes iguales.

Pienso también en la afición y lo que vio o lo que sintió al ver como con el estadio se caían pedazos de su propia vida.